
“A veces, se necesita de mucho valor salir a escena con la cara pintada de colores, una peluca al viento y un pimpón rojo en la nariz para satisfacer a toda una audiencia que juzga y aplaude nuestra gran actuación en el escenario amorfo de la vida”
Con mi cara pintada, disfrazado de payaso me gano la vida. Salgo a escena para hacer reír. La concurrencia aplaude mi actuación y se divierte… Pero ellos, alegres no saben de mi dolor que a veces siento. Hoy, por ejemplo lo llevo por dentro. Por sus carcajadas, alcanzo a percibir que mientras mi corazón llora, ellos ríen sintiéndose contentos, relajados. Yo, detrás de este atuendo los hago reír.
El telón sigue izado. Mi actuación aún no termina… mi alma sufre y llora… no está de mi poderme contener. “Alrededor, sigue el público mirándome… son como hienas esperando más y más de mí. ¡Me aplauden locamente! a medida de la gracia de mi repertorio… su risa estridente ahora no me agrada, taladra mi cerebro como puñales invencibles. ¡Ho! Dios mío, que larga se me ha hecho esta función...Estoy odiando al público. ¡No los quiero!... ¡No los soporto!
El llanto brota de mis ojos, incontenible y desnudo cual perlas matutinas de rocio se confunde con la tintura de mi máscara de colores que, como un frio yelmo cubre la amargura de mi rostro. Hoy, enterré a mi madre. Ella, murió antes de ayer en la noche… su deceso es el gran dolor que me deprime. Apenas si respiro bajo el tenue revestimiento del colorido maquillaje disolviéndose en mi cara por efectos del intenso calor producido por la luz encandiladora de los reflectores del teatro…
En la vida, detrás del disfraz a veces se oculta sorpresas: una, puede ser un rostro frenético y triste, tal vez maltratado crudamente por los sinsabores de la cotidiana vida; otra, el rostro feliz y alegre, ofrenda de Dios, pletórico de bienestar absoluto. Pero, el semblante del dolor de perder a una madre; es un sentimiento que no se puede compartir ni ocultar por nada, en este mundo existencialista. ¡la vida sigue igual!